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Desertificación en España: un desafío ambiental y económico

Domingo, 13 septiembre 2026
Tiempo de lectura: 5 min
La desertificación en España se ha convertido en uno de los principales desafíos ambientales, económicos y sociales asociados al cambio climático. El concepto no significa que el territorio vaya a transformarse literalmente en un desierto como el Sáhara, sino que hace referencia a la degradación de las tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, con una pérdida progresiva de productividad, materia orgánica, biodiversidad y capacidad para sostener determinadas actividades.

La desertificación en España se ha convertido en uno de los principales desafíos ambientales, económicos y sociales asociados al cambio climático. El concepto no significa que el territorio vaya a transformarse literalmente en un desierto como el Sáhara, sino que hace referencia a la degradación de las tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, con una pérdida progresiva de productividad, materia orgánica, biodiversidad y capacidad para sostener determinadas actividades.

Esta realidad adquiere especial importancia en España por sus características climáticas y geográficas. El país cuenta con amplias áreas sometidas a estrés hídrico, temperaturas elevadas y una distribución irregular de las precipitaciones. A estos factores se suman problemas como la erosión del suelo, los incendios forestales, la sobreexplotación de determinados recursos hídricos, algunas prácticas agrícolas intensivas y el abandono de terrenos rurales.

El ensayo «España contra el desierto», de Emilio Santiago y Héctor Tejero, aborda precisamente esta problemática desde una perspectiva que combina la emergencia climática con sus consecuencias económicas y sociales. Su planteamiento parte de una idea fundamental: España se encuentra especialmente expuesta al calentamiento global, pero también dispone de recursos y capacidades que pueden facilitar una transición hacia un modelo más resiliente.

¿Qué es la desertificación y por qué afecta a España?

La desertificación es un proceso de degradación de las tierras que afecta principalmente a regiones con condiciones climáticas secas. Puede estar relacionado con factores naturales, pero las actividades humanas y el cambio climático pueden intensificar considerablemente sus efectos.

En España, el riesgo es especialmente relevante en buena parte del territorio mediterráneo, el sureste peninsular y otras áreas caracterizadas por precipitaciones escasas o irregulares. La pérdida de cubierta vegetal, la erosión provocada por episodios de lluvias intensas, los periodos prolongados de sequía y el aumento de las temperaturas pueden reducir la capacidad del suelo para conservar agua y mantener su productividad.

El problema tampoco se limita al ámbito estrictamente ambiental. Un suelo degradado puede afectar a la agricultura, aumentar la vulnerabilidad frente a determinados fenómenos extremos y dificultar la recuperación de los ecosistemas. Cuando estos procesos se acumulan, sus consecuencias pueden trasladarse a la economía local y a la calidad de vida de las poblaciones rurales.

El cambio climático aumenta la presión sobre el territorio

El calentamiento global constituye uno de los principales factores que pueden agravar la desertificación en España. El aumento de las temperaturas incrementa la evaporación y puede elevar las necesidades de agua de los cultivos y de los ecosistemas.

Al mismo tiempo, la modificación de los patrones de precipitación puede generar una combinación especialmente problemática: periodos más largos de sequía seguidos, en algunos casos, por episodios de lluvias muy intensas. Una precipitación torrencial no siempre compensa una sequía prolongada, especialmente cuando el suelo se encuentra degradado y no puede absorber adecuadamente grandes cantidades de agua.

Los incendios forestales representan otro elemento de riesgo. La destrucción de la vegetación deja el suelo más expuesto a la erosión y puede dificultar su recuperación, especialmente cuando posteriormente se producen lluvias intensas. Por este motivo, la prevención de incendios, la restauración de ecosistemas y la gestión adecuada del territorio forman parte de cualquier estrategia eficaz contra la desertificación.

Las consecuencias económicas de la desertificación

La degradación del suelo tiene una dimensión económica que a menudo queda relegada frente a sus efectos ambientales. La agricultura es uno de los sectores más directamente expuestos porque depende de la disponibilidad de agua, de la calidad del suelo y de unas condiciones climáticas relativamente previsibles.

Una mayor frecuencia de sequías, olas de calor o episodios meteorológicos extremos puede reducir rendimientos agrícolas, incrementar los costes de producción y aumentar la necesidad de inversiones en riego, adaptación y gestión del agua.

El impacto puede extenderse también a otras actividades. El turismo, por ejemplo, depende en determinadas zonas de unas condiciones ambientales y climáticas que están cambiando. La disponibilidad de agua, el riesgo de incendios y el aumento de las temperaturas pueden modificar la competitividad y la habitabilidad de algunos destinos.

Además, los fenómenos meteorológicos extremos generan costes para las administraciones públicas, las empresas y los hogares. Los daños sobre infraestructuras, viviendas, explotaciones agrícolas y redes de transporte requieren recursos para prevención, reparación y recuperación.

España también cuenta con ventajas para adaptarse

La situación no implica que la desertificación sea un destino inevitable. España presenta una elevada exposición climática, pero también dispone de algunas ventajas estratégicas para reducir su vulnerabilidad.

Una de ellas es su potencial para producir energía renovable. La elevada disponibilidad de radiación solar convierte a la energía fotovoltaica en una de las tecnologías con mayor potencial de desarrollo en el país. La expansión de las energías renovables puede contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y, al mismo tiempo, favorecer la competitividad energética.

Sin embargo, la transición energética no debería plantearse como una solución aislada. La planificación territorial resulta fundamental para compatibilizar las instalaciones renovables con la conservación de ecosistemas, la actividad agrícola y los intereses de las comunidades locales.

Agricultura ecológica y regenerativa como parte de la solución

La transformación del sistema agroalimentario constituye otro de los grandes ámbitos de actuación. Las prácticas de agricultura regenerativa buscan mejorar la salud del suelo mediante técnicas destinadas a favorecer su estructura, aumentar la materia orgánica, reducir la erosión y mejorar su capacidad para retener agua.

Entre las estrategias que pueden contribuir a estos objetivos se encuentran las cubiertas vegetales, la diversificación de cultivos, la reducción de determinadas labores del suelo, el uso eficiente del agua y la integración adecuada de materia orgánica.

No existe, sin embargo, una única técnica aplicable a todas las explotaciones. Las soluciones deben adaptarse al clima, al tipo de suelo, al cultivo y a las características económicas de cada territorio.

La agricultura ecológica también puede formar parte de esta transición, aunque ambos conceptos no son exactamente equivalentes. La agricultura ecológica se define por un marco específico de producción y certificación, mientras que la agricultura regenerativa pone especialmente el foco en la recuperación de la salud y funcionalidad del suelo.

Una estrategia que combine energía, agua y territorio

La lucha contra la desertificación en España requiere actuar sobre varios frentes simultáneamente. Mejorar la gestión del agua, restaurar ecosistemas degradados, prevenir incendios, proteger los suelos agrícolas y reducir las emisiones son medidas que deben formar parte de una estrategia integrada.

También será necesario reforzar la adaptación de las ciudades y de las zonas rurales. La gestión del territorio, la planificación urbanística y la conservación de los recursos naturales pueden determinar en buena medida la capacidad de España para afrontar un clima más cálido.

El reto consiste, por tanto, en pasar de una política centrada únicamente en responder a los daños una vez que se producen a otra que dé mayor importancia a la prevención, la adaptación y la restauración.

España ante una decisión estratégica

El mensaje de «España contra el desierto» no tiene por qué interpretarse como una predicción de un futuro inevitable, sino como una llamada de atención sobre las decisiones que se tomen durante las próximas décadas.

España reúne factores que aumentan su vulnerabilidad frente al cambio climático, pero también condiciones favorables para desarrollar energías renovables, modernizar su agricultura y avanzar hacia una gestión más eficiente de los recursos naturales.

La cuestión fundamental será determinar cómo se aprovechan esas ventajas. La transición energética, la protección del suelo, la gestión sostenible del agua y la recuperación de los ecosistemas pueden convertirse no solo en políticas ambientales, sino también en instrumentos para proteger la actividad económica y reducir riesgos futuros.

Combatir la desertificación exige, en definitiva, entender que el suelo, el agua, la energía y la economía están estrechamente relacionados. España no puede controlar por completo la evolución del clima, pero sí puede decidir cómo prepara su territorio, sus empresas, sus agricultores y sus comunidades para afrontar sus consecuencias.

Puedes ampliar esta información leyendo nuestras noticias sobre biodiversidad y clima en inglés.